Reunión de antiguos alumnos (2009)

De Cervantespedia
Saltar a: navegación, buscar

Texto de titular

El AVE circulaba por Despeñaperros a una velocidad considerable. Buscaba un sueño que no llegaba. Había recibido muchas emociones en aquellas pocas horas, emociones a las que ya no estaba acostumbrado. Año tras año, a finales de abril, comenzaba a recibir mensajes de algunos de mis antiguos compañeros citándome para la comida anual de antiguos alumnos del colegio. El programa era siempre idéntico: una misa por el eterno descanso de los fallecidos, después la comida y más tarde, lo que se terciara, mientras el cuerpo aguantase. Durante casi cincuenta años había disculpado mi asistencia. Pero aquel año (2009) me decidí por fin y ahora regresaba a Madrid, ya de noche. Sonó mi móvil. Miré la pantalla con desconcierto. Mi mente estaba en aquellos momentos muy lejos de cualquier tecnología, por cotidiana que fuese. Estaba en las aulas de mi colegio, en la pizarra y las tizas, en mi viejo pupitre y el tintero incorporado en el extremo superior derecho (como todo el mundo era diestro por decreto, los tinteros siempre estaban a la derecha para poder mojar el plumín en la tinta con facilidad "natural"). No conocía el número del teléfono que llamaba, un 957. Resultó ser, según me dijo, un antiguo profesor del Colegio Cervantes que se disculpaba porque una inoportuna gripe le había impedido asistir a la comida y volver a verme, antiguo alumno suyo al que a menudo recordaba. Mi mente trabajaba febrilmente buscando aquella voz en mis recuerdos. Sabía que aquella conversación no podía durar mucho. Las últimas palabras me centraron de golpe. Solo podía ser D. Francisco López Pozo, cordobés de Baena. En mis años de colegial, casi todos los profesores eran religiosos salvo tres seglares y mi intuición y un ligerísimo recuerdo me dijeron que solo podía tratarse de mi profesor de latín. “Muchas gracias, D. Francisco, sus elogios son inmerecidos. En el mejor de los casos, algo debí aprender durante mis años en el colegio de maestros tan excelentes como Vd”. Intuí del silencio que siguió a sus palabras que había acertado y creí percibir una especie de onda de satisfacción y agradecimiento contenidos. Intercambiamos nuestras direcciones electrónicas y quedamos en escribirnos. ¿Hablaba de emociones? ¡D. Francisco! ¿Qué edad tendría ahora? Posiblemente más de ochenta. Sin querer, mi imaginación volvió al acto de la mañana y a la comida posterior. Llegué a la Capilla del Sacramento cuando ya la misa había comenzado. Miguel Angel estaba en la puerta, me recibió con un silencioso apretón de manos y me indicó un sitio vacío en aquel recinto circular, en el lado de la epístola, detrás, pero casi en la línea, del altar. Desde allí miraba los rostros de los concurrentes, casi todos situados cara al celebrante. Algunos de ellos eran fácilmente identificables, cuarenta años sobre sus espaldas no habían cambiado sensiblemente lo esencial de sus facciones. Allí estaba Juanito, corpulento como siempre, y Rafa, tan alto como lo recordaba. Más gruesos, el pelo algo más claro, pero seguían siendo ellos. Valentín, Manuel, Rafael, ¿sería aquel Ervigio? Otros ni me sonaban. Algunas mujeres, en las que apenas detuve mi atención no porque carecieran de importancia, que la tenían y mucha como más tarde descubriría, acompañaban a los antiguos colegiales. Pero lo urgente era situarse entre mis compañeros de clase, saber si habían venido Clemente, Antonio, el otro Rafael, Luis, los demás. Algunos quizá estarían presentes pero no conseguía recordarlos, habían perdido sus rasgos adolescentes. Tras la misa, los abrazos, los saludos (¡Por fin viniste! ¿Cuántos años? ¡Te has hecho desear! Soy Fulano, ¿no me recuerdas?), la comida, la conversación con los compañeros sentados a derecha e izquierda, enfrente. La conversación era agradable, de reencuentro, fluida y sincera. ¿Te acuerdas de María Luisa? ¿Y de Elvira? Y me contaron de ellas, de sus penas y sus alegrías, los hijos, las enfermedades, su trabajo, sus triunfos, apenas nada de los fracasos si es que los hubo. Me sentí por una fuerza extraña impelido a levantarme y acercarme a ellas. Nos saludamos, nos reconocimos, nos tomamos las manos sin evitar el contacto, sin saber soltarnos, invocando aquel pasado común que ya no existía. ¿No era milagroso, para los tiempos que corren, que Elvira y María Luisa se hubiesen casado con sus novios de Preuniversitario, que siguieran juntos al cabo de cuarenta y ocho largos y complicados años? Y mirándolas a los ojos, vi en ellas la misma belleza de aquella edad dorada, de aquellos 17 años irrepetibles que, a pesar de los pesares, el tiempo había respetado. Sentí que una extraña ternura me invadía el alma, una sensación de que lo inmutable era posible, de que la eternidad era posible. Y ellas me miraron con dulzura, con una luz en los ojos que me transmitía que sabían que no mentía, que verdaderamente las veía tan hermosas como lo fueron en aquella lejana y maravillosa adolescencia. Mantenía los ojos cerrados, recordando lo sucedido hacía tres horas escasas, y sentí que me escocían y que mis labios, ya delgados por la edad, se distendían en una sonrisa dulce. Tras unos segundos, mi memoria volvió a la llamada, a D. Francisco. Cuando llamaba a algún escolar para hacerle preguntas, cerca de su escritorio, en voz baja para no distraer a sus compañeros, veía de cerca a aquel hombre, sus gafas con montura de oro, de cristales impolutos, los blanquísimos puños de la camisa asomando ligeramente de las mangas de la chaqueta, siempre con pasadores dorados, su chaleco, una prenda casi caída en desuso, y, sobre todo, percibía un suave olor a tabaco rubio, del caro, del bueno, tan distinto del tabaco negro que la generalidad de la población fumaba. Mi profesor de latín, aquella lengua muerta de sintaxis incomprensible hasta que él nos desveló parte de sus secretos, algo de su lógica, de una estructura que respondía a un pensamiento formal tan exacto, o casi, como las matemáticas. Y el mundo de los reyes, de la república y del imperio, su historia, sus conquistas, sus costumbres, sus leyes. La Historia desbrozada de sus miserias, conservando solo aquello que fuera ejemplar y digno de ser recordado e imitado, porque esto era lo que debía enseñarse. Aquellas horas interminables de lengua, geografía o religión de pronto se quebraban en sesenta minutos de interés tras el recreo, de atención inusitada, de pasión. D. Francisco hablaba con una voz sosegada que no enmascaraba el entusiasmo con que transmitía sus saberes. Escribía pausadamente en la pizarra el texto en latín que deberíamos traer traducido al día siguiente, con alguna indicación vaga pero suficiente para enfrentarnos a un escollo sintáctico particularmente difícil. Su letra era clara, pulcra, redonda. Manejaba la tiza con una especie de reverencia que nos hacía desear tenerla entre nuestros propios dedos. En el fondo de mi cerebro tomó forma la idea de lo mucho que debía a aquel maestro, su interés por la cultura, su respeto por la lógica y por el trabajo, muchas de las esencias de lo que ha constituido mi vida profesional y, ¿por qué no?, personal. Una huella que solo un Maestro es capaz de dejar. Mil gracias por su imborrable magisterio, D. Francisco, Maestro.

Herramientas personales
Promociones