Recuerdos del H. Ignacio

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Hoy, 24 de enero de 2009, he asistido a una misa por el H. Ignacio en la iglesia de la Compañía, junto al colegio en el que él dejó dieciocho años de entregada vida en la preparación para la reválida de 4º de alrededor de un millar de muchachos en plena pubertad. La mayoría teníamos 13 años cuando empezábamos 4º de Bachillerato, aunque lo terminásemos con 14. Con su labor y “tácticas” de enseñanza nos dejó una impronta -¿en muchos?, ¿en casi todos?- que perdurará mientras vivamos y que se proyecta en muchos de nuestros actos.

Luego continuó enseñando y formando, pero ya no había reválidas. La última fue la de mi curso, el de 1969-70. Tuve esa suerte, porque a partir de ahí, a partir de la entrada en vigor de la Ley General de Educación de Villar Palasí, empezó la decadencia de la Educación Media en lo que todavía llamamos España.

Supongo que, a partir de que 4º de Bachillerato fuese sustituido por 8º de EGB, el H. Ignacio bajaría algo el pistón en la energía e intensidad con que enseñaría a los muchos alumnos que siguieron pasando hasta su jubilación por la escultora experiencia de tenerlo por profesor y maestro. Pero, conociéndolo, no creo que lo bajase mucho.

Llegué a Cervantes en 1º de Bachillerato Elemental, curso 1.966-67, con 10 años, y salí de él tras terminar COU en el curso 1.972-73. No sólo pertenecí a la última promoción que tuvimos reválida de 4º; también la mía fue la última que hizo COU en el venerado colegio de la plaza de la Compañía. En el curso siguiente el colegio se mudó a la Fuensanta. Ni que decir tiene que “mi colegio” es él de la Compañía.

Mi primer recuerdo del H. Ignacio lo sitúo en el invierno de 1º o 2º de Bachillerato. Era ya de noche, más tarde que la hora habitual de salida de clase. No sé por qué ese día salía tan tarde. Tal vez debieron castigarme a quedarme algo más de tiempo después de clase. Si fue por eso, debía estar en 1º porque sólo fue en ese curso cuando me sucedieron cosas como esas (D. Mateo Vázquez no tenía muy buena opinión de mi disciplina y comportamiento). Cruzaba el “patio blanco” en la oscuridad y pude ver perfectamente a través de las ventanas del aula del piso bajo que quedaba a mi derecha, iluminada con unas bombillas de luz amarillenta, cómo el H. Ignacio estaba sobre la tarima, en la pizarra, con un alumno al lado, en una clase abarrotada con muchos alumnos de pie. El Hermano estaba explicando algo con gran energía, escribía rápidamente en la pizarra y borraba para volver a escribir. Todos los muchachos que estaban de pie aparecían rígidamente atentos, y el que estaba junto al Hermano parecía comerse con los ojos la pizarra y lo que sobre ella iba escribiendo y borrando el gran y terrible hombre de la sotana negra, aunque al mismo tiempo estaba algo encogido. Pocos años después sabría que aquélla era una de las clases extras diarias que el H. Ignacio dedicaba a sus alumnos tras terminar el horario oficial de clases para preparar la reválida. En esas clases el Hermano juntaba en un aula a los dos cursos de 4º.

Durante unos pocos segundos me estremecí, mientras seguía cruzando el patio, al imaginar que yo iba a pasar por situaciones semejantes. Pero me recuperé casi al instante pensando que todavía me quedaban tres años. A los diez años de edad, tres parecen una eternidad. Largo me lo fiaba.

Mis recuerdos posteriores aparecen en el patio blanco dos años después, en 3º de Bachillerato. Los de Primaria y 1º y 2º de Bachillerato esperaban la entrada a clase y tenían sus recreos en el “patio rojo”. A partir de 3º pasábamos al “blanco” en el que el encargado de la disciplina era el H. Ignacio. Él se dedicaba a dar paseos de una pared a otra del patio y no se metía en nada salvo cuando veía a alguien arrojar algo al suelo o cuando nos empeñábamos en ir a las fuentes de agua al sonar el timbre para ponernos en filas y entrar en clase. En el primer caso se dirigía al incívico, el cual sentía que se le paraba el corazón y se le abría el suelo bajo los pies, se ponía junto a él y lo miraba desde arriba con el ceño fruncido al mismo tiempo que sacaba del bolsillo de la sotana una libretita y le pedía el nombre y el curso al que pertenecía. Mientras apuntaba los datos le decía con voz aguda: “quedas encargado de recoger todos los papeles del patio hasta nueva orden”. A partir de entonces el “encargado” pasaba sus recreos mirando el suelo por, si había un papel, quitarlo de en medio antes de que lo viera el H. Ignacio ya que de lo contrario era mejor no imaginar lo que podría pasarle. La nueva orden que levantaba el castigo llegaba una o dos semanas después. Por cierto, era raro encontrar algo tirado en el suelo del “patio blanco”.

En cuanto a la costumbre, mala, malísima, de acordarnos de beber agua cuando debíamos ponernos en fila al tocar el timbre, era motivo de que el Hermano se dirigiera como una flecha hacia las fuentes y empezara a repartir capones a dos manos, ¡y qué capones!, entre los sedientos. Nos dispersábamos rápidamente retirándonos de las fuentes con la misma sed, pero rascándonos la cabeza para aliviar los efectos de los disciplinarios nudillos. Algún capón me llevé yo.

Llegó el día en que comencé 4º de Bachillerato. Había dos grupos. El tutor del mío era el H. Estanislao. El del otro el H. Ignacio. Éste me daba Matemáticas y Física y Química. Sólo nos dio clase el primer trimestre porque ese año tuvo que renovar sus votos o algo semejante, lo que implicaba pasar unos meses de retiro espiritual. Esto lo ignorábamos sus alumnos. Sólo nos enteramos pocos días antes de las vacaciones de Navidad.

Sabedor de que sólo podría preparar a los muchachos durante tres meses, nos puso a trabajar a presión. En la segunda semana nos anunció que nos daría una hora de clase extra diaria al terminar el horario de la tarde. Era voluntaria, por supuesto. Por supuesto que a todos se nos movió la voluntad para asistir a dicha clase. Años después oí una frase referida a don Corleone que se podría haber empleado para describir nuestra situación: El H. Ignacio hacía unas ofertas que no se podían rechazar.

Aprendí mucho con él. Y tan intensa era la tensión del aprendizaje que han pasado casi cuarenta años y todavía recuerdo perfectamente la definición de metro –incluyendo lo de los 4º C de temperatura, que no podía faltar si uno no quería ganarse un cero- , el principio de Arquímedes, las definiciones de dina, newton y Kilopondio, operar con exponentes y radicales, plantear soluciones con ecuaciones de segundo grado... y otras muchas cosas con las que no volví a tener contacto en mi vida de estudiante y, que sin embargo, no se me han olvidado. He olvidado muchas cosas, muchas, pero las que menos son las que nos enseñó él.

De todo lo que me enseñó, lo más importante fue que aprendí a valorar la exactitud en el método del trabajo y en sus resultados, y la importancia del rigor en el lenguaje para definir las cosas con la máxima precisión. Para expresar la aceleración de una masa a la que se le había aplicado una fuerza de x newton no valía decir 4; había que decir 4 metros por segundo cada segundo. Por ejemplo. Los problemas había que hacerlos con orden, explicando cada paso que se daba y por qué se daba, con estilográfica –no admitía bolígrafo- y no otra tinta que azul.

Un día las clases las dedicaba a explicar, y al día siguiente nos preguntaba por oral y por escrito. Teníamos que contestar sus preguntas y resolver los problemas en la pizarra a tal velocidad que casi siempre le daba tiempo a sacarnos a todos dos veces en una hora, y a ponernos dos notas. Bueno... en muchas ocasiones ponía bastante más que dos notas. Me refiero a que en algún caso, cuando el alumno demostraba su ignorancia, se llevaba hasta nueve ceros: cada error un cero. Así hasta que lo enviaba de nuevo a su asiento con el cargamento de ceros y un número variable de tortas. ¡Ya lo creo que teníamos interés en aprender con el H. Ignacio!

Entonces las notas eran quincenales y, al final del primer y segundo trimestre, las trimestrales que resultaban de hacer media de las quincenales y de las obtenidas en exámenes que versaban sobre todo lo estudiado en el trimestre. En las primeras notas quincenales comencé sacando 2, 3 y 4 en sus asignaturas. Pero al final del primer trimestre conseguí un 8 en Matemáticas y un 9 en Física. Lo recuerdo perfectamente porque fue uno de los momentos en que más he sentido la satisfacción por los resultados de mi trabajo.

Luego, el H. Ignacio se fue a su retiro espiritual y ya no volvió a darme clase. Pero lo que yo entonces no sabía es que nunca se iría del todo y que, de alguna manera, cada día del resto de mi vida me seguiría dando clase.

Como final de estos recuerdos y como un pequeño homenaje a su memoria, quiero transcribir uno de los problemas extras que nos ponía al final de las clases de la mañana para que se lo llevásemos resuelto por la tarde o a la mañana siguiente. No lo copié en ningún sitio, pero no se me ha olvidado. Hace treinta y nueve años empleé unas tres horas para hallar las ecuaciones. Hoy he tardado unos veinte minutos, pero es porque he contado con la ayuda de recuerdos de lo profundo de mi memoria. He intentado expresar su desarrollo y solución tal como el H. Ignacio nos exigía, incluyendo el “supongamos que...” con que teníamos que comenzar siempre el planteamiento. Lamentablemente no puedo utilizar estilográfica con tinta azul.


Problema: “Juan dice a Pedro: Yo tengo dos veces la edad que tú tenías cuando yo tenía la edad que tú tienes. Cuando tú tengas la edad que yo tengo nuestras edades sumarán 81 años. ¿Qué edad tiene Juan y cuál tiene Pedro?”.


Solución: Supongamos que la edad de Juan es X y que la de Pedro es y:

            X =  2 [y – (X – y)]         [1]   La edad que tendría Pedro sería la que 
                                               tendría Juan (y) menos la diferencia de
                                               edad entre ambos.

            X + [X + (X – y)] = 81       [2]   Cuando Pedro tenga la edad actual de Juan 
                                               (X), Juan tendrá  X más la diferencia de
                                               edad entre ambos (X – y) 


Desarrollando la primera ecuación:

            X  =  2y – 2X + 2y
           3X  =  4y
           

Desarrollando la segunda ecuación:

          3X – y =  81
              3X = 81 + y  


Igualando el último paso de ambas ecuaciones:

         4 y  =  81 + y
      4y – y  =  81
           3y =  81 
            y =  81/3 = 27 años


          3 X = 4 y 
             X =  4 x 27 / 3 = 36 años


Rta: La edad de Juan es 36 años y la de Pedro 27 años.

Otra anécdota

No quisiera discutir, sino tan sólo aportar un par de anécdotas personales en mi relacion con el Hno Ignacio, de quien como todos aprendí muchas cosas y al que creo todos debemos mucho.Descanse en paz.

Es verdad que sus clases eran "imantadoras" No podías sustraerte a su fuerza y energía enseñando las matemáticas la física ó la química. La clase estaba "abarrotá" y en tensión y no podías (ni querías) perderte una (si la perdias, podían caerte "nueve ceros", esa era otra). Yo que tenía (y tengo) los nervios a flor de piel y una imaginación desbordante, necesitaba (y necesito) esa tensión para atender y procuraba colocarme siempre en la primera fila para no perder comba. Como mis pìernas no eran cortas, asomaban por delante y copaban el pasillo...por el que paseaba el Hno Ignacio sin parar...hasta que me pisó. ¡¡¡ Un elefante!!! Creí que me había destrozado el pie. ¡Qué dolor! Y con una media sonrisa el Hno Ignacio me dijo "Garrido: menos mal que estoy delgado"

Cachondeo generalizado y pie destrazado, pero buen rollito a pesar de su severidad. La siguiente fue un par de años después. Ya estaba yo en 6º y preparabamos "CESTA Y PUNTOS" con el Hno Maurino. Después de clase nos quedábamos los 10 ó 12 preselecionados a "contestar preguntas" que o bien preparaban los propios Hnos ó los alumnos del colegio y generalmente el Hno Ignacio y otros Hnos iban a ver qué tal lo hacíamos. Formula pregunta el Hno Maurino acerca de cuál es el nombre o denominación exacta de la limosna que se ofrece a la Parroquia para su aplicación a misas en favor de familiares y/o intenciones del que la entrega, y observo cómo se nos queda a todos una cara de memos impresionante. Ni idea teníamos. De pronto se me enciende la luz y escribo mi respuesta y alardeo de que la sé. La sé y ademas los otros son unos pringaos por no saberlo. Como lo había escrito, el Hno Ignacio se acerca a mi papelito y lo lee para sí mismo, antes de que acabe el tiempo concedido y mientras los demás se devanan los sesos para saber la respuesta. ¡¡¡ Soltó tal carcajada al leer mi respuesta, que aún resuena en mis oidos!!! Ímbecíl de mí. Confundí ESTIPENDIO con LATIFUNDIO. ¡¡¡Tierra tragame !!!

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