Motes y apodos simpáticos

De Cervantespedia
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Todos los profesores tienen un mote, y por más que los alumnos no lo queramos reconocer, todos los profesores conocen su mote. También hay motes y motes. Motes simpáticos, que buscan asociar a un profesor con algo característico de éste, y motes crueles, que intentan hacer daño. En esta pequeña contribución a la Cervantespedia voy a hacer un repaso histórico sobre el origen de algunos apodos simpáticos y cariñosos con los que los alumnos solíamos referirnos coloquialmente a determinados profesores en nuestras conversaciones. A fin de cuentas, también los motes forman parte de la amplia y bella historia de nuestro querido Cervantes. Por supuesto omitiré aquellos apodos crueles, ya que por su singular bajeza no tienen cabida en este artículo.

Empezaré recordando aquellos motes que venían determinados por el aspecto físico de algún profesor. La falta de pelo o la carencia del mismo dio origen a apodos tan singulares como el de Don Rafael Rodríguez Galán, al que cariñosamente se le apodaba “Pistalibre” o el de Don José Luis Royo, conocido como “Mister Proper” o “Don Limpio”. Otras veces fue el peinado el que dio lugar a motes un tanto rebuscados, como fue el caso del de Don José Fernández (“Volutas”), al recordar su peinado de cuando era más joven a los capiteles de las columnas griegas de Orden Jónico (qué cultos eran los alumnos de aquellos tiempos remotos, ¿verdad?). La estatura también fue en alguna ocasión un motivo recurrente para buscar un mote, como en el caso de Don Antonio Muñoz, al que llamámamos el “Pitu” (diminutivo de pitufo). También hay que decir que lo bueno se guarda en frascos pequeños, y Don Antonio ya lo creo que lo era con nosotros.

Otros motes derivaban del propio apellido del profesor. Es el caso de Don Manuel Llamas (“Fosforito”) o el del Hermano Luis Escuchuri, al que cariñosamente conocíamos como el Hermano “Pichurri” (y es que pudiéndolo decir en andaluz, para qué decirlo en Euskera, ¿no?). Lo curioso es que su segundo apellido, Lacarra, también tenía “traducción”, aunque ésta prefiero omitirla.

En ocasiones algunos motes tenían que ver con parecidos razonables, aunque con orígenes muy lejanos, como era el caso del mote de Doña María Eugenia (“La Curro”). Al parecer su mote procedía de una muñeca llamada “Currutaca”, que los humoristas Tip y Coll entregaban como regalo en un programa de televisión: “....y de premio le entregamos una hermosa Currutaca”. Algunos alumnos prefirieron feminizar este mote por el de “La Curra”, haciendo referencia a su particular dureza como docente. Otro parecido fue también la razón de uno de los motes del Hermano José Luis Molina, al que apodaron durante un tiempo “Árbitro penalti”, por su parecido con el actor de un anuncio de una marca conocida de caramelos balsámicos. Y también el que dio origen al de Don Rafael García Porras (“Churruca”), de parecido físico muy similar al del personaje que aparece en cierta marca de maíz tostado.

Luego había también motes simples, pero divertidos, como el de nuestro querido Don Antonio Pérez, célebremente conocido como “PH”, que son las siglas de “Profesor de Historia”.

La forma de impartir las clases y los métodos empleados en éstas, fueron también origen de apodos diversos, como el de Don José Enrique Carretero, que con el uso de su vara de señalar en sus clases de Geografía, se ganó a pulso que lo apodáramos “Don Quijote”. Otros apodos motivados por la forma de dar clase fueron los del Hermano Carlos Hidalgo, al que los alumnos llamaban “Gusiluz”, porque cuando se enfadaba se ponía completamente rojo, igual que el muñeco, o el de Don José Peralbo, al que llamábamos “Pepe Metralla”, por la intensidad de sus enfados.

Luego también los había que contaban con más de un mote, como Don Rafael Jiménez Torres, al que inicialmente comenzamos apodando “Rostropálido”, hasta que posteriormente se le buscó un apodo más acorde a la asignatura que impartía, Filosofía, pasando a la posteridad como “Plastón”.

Pero también hubo quien prefirió ponerse un mote así mismo, antes de que se lo pusieran los alumnos, como fue el caso de Don Antonio Marín, haciéndose llamar “El Monstruo” delante de sus alumnos. Una buena estrategia, sin duda.

Podrían citarse aquí muchos más motes y apodos de profesores, pero como comentaba al principio, la naturaleza hiriente de alguno de éstos no los hace dignos de figurar en un artículo que pretende recordar con cariño una parte de la historia “clandestina” (por llamarla de alguna manera) de nuestro querido colegio. Espero que este artículo no haya molestado a nadie (al menos mi intención no ha sido esa), y si ha podido arrancar la sonrisa de alguno de los protagonistas nominados, me sentiré feliz por ello.

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