Marcelino Champagnat

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Marcelino Champagnat nació el 20 de mayo de 1789, poco más de mes y medio antes de la toma de la Bastilla, en la aldea de Le Rosey, perteneciente al Ayuntamiento de Marlhes (2.500 habitantes), unos 50 kilómetros al suroeste de Lyon. Era el noveno y penúltimo hijo del matrimonio formado por Juan Bautista Champagnat y María Teresa Chirat, familia campesina que junto al trabajo en el molino y en el campo, comerciaba con telas y encajes. El padre era un hombre recto e instruido, apreciado por los vecinos, que en los años de infancia de Marcelino fue secretario del Ayuntamiento de Marlhes. El 14 de julio de 1791, segundo aniversario de la Toma de la Bastilla, Juan Bautista se puso definitivamente a la cabeza del movimiento revolucionario en Marlhes aceptando el título de Coronel de la Guardia Nacional. La madre es descrita por Furet, biógrafo de Champagnat, como “piadosa y recogida, amante de su casa, educando a sus hijos en la religión, en la devoción a María y en la austeridad de costumbres, vigilándolos con solicitud”.

En medio del maremágnum de la Revolución Francesa, que desquiciaba todos los estratos del país, Marcelino no brilló en sus primeros estudios y sería su padre quien se encargase de su educación. También recibiría la influencia de una hermana del padre, Luisa, religiosa de San José, expulsada del convento por la Revolución y que vivía protegida en casa de Juan Bautista. Tras recibir la primera comunión y la confirmación, con 11 años, ayudará a sus padres en las tareas de la casa e incluso cuidará unos corderos que le regala su progenitor.

Con 14 años de edad, Marcelino va afrontar una de las decisiones más transcendentales de su vida. En la Pascua de 1804, un eclesiástico enviado por mosén Courbon, vicario general de la Diócesis Primada de Lyon, llegó a Marlhes, dentro del afán por llenar los seminarios vacíos a causa de la Revolución. Llegado a casa de los Champagnat, los hijos de éstos rechazaron la posibilidad de hacerse sacerdotes, excepto el joven Marcelino, que queda pensativo y finalmente acepta, tomando una decisión que no variará en toda su vida. Pocas semanas después, la tragedia se abatirá sobre la familia con la muerte, de un ataque de apoplejía, del padre. El curso 1804-1805 lo dedicó Marcelino a aprender a hablar y escribir francés (su lengua materna y habitual era el franco-provenzal) en la escuela de Saint-Saveur. Finalizado el curso peregrinó con su madre al santuario de La Louvesc y reafirmó su decisión. El 28 de octubre de 1805, con 16 años de edad, Marcelino Champagnat ingresa en el seminario menor de Verrières, unos 100 kilómetros al oeste de Lyon.

Ocho años pasaría formándose en Verrières, donde encontraría como compañeros a Juan Claudio Colin y Juan María Vianney, futuro superior de la Sociedad de María y santo cura de Ars, respectivamente. El 1 de noviembre de 1813 Marcelino ingresaría en el Seminario Mayor San Ireneo de Lyon; cuatro años antes su madre había fallecido. Tras los tres años preceptivos, el 22 de julio de 1816, Champagnat era ordenado sacerdote. Al día siguiente, un grupo de los nuevos sacerdotes, se comprometieron a realizar la consagración a la Virgen: Colin, Courveille, Déclas, Philippe Janvier, Gillibert, Seyve, Terraillon y Champagnat. Además de éstos, cuatro seminaristas, también pertenecientes al grupo, se unieron a ellos en su peregrinaje a Fourvière.Courveille, a quien todos consideraban el líder, dijo la misa para todos ellos. Todos recibieron la comunión y, al concluir la misa, los doce consagraron sus vidas a María ante Nôtre Dame de Fourviére en Lyon con un proyecto forjado durante los años de San Ireneo, para formar la Sociedad de María, dedicada a las misiones, a la enseñanza de la doctrina y al apostolado. Hoy en día se denomina Congregación de Padres Maristas y llevan a cabo su obra en las misiones, sobre todo de la Oceanía francesa. Marcelino, a pesar de que dio todo su apoyo al proyecto, ya manifestaba según su biógrafo, afán por crear una orden exclusivamente de hermanos no sacerdotes, que dedicasen todos sus anhelos a la enseñanza de los niños necesitados.

Esa idea de lo necesario que era una enseñanza cristiana debió surgirle en sus años de infancia, cuando comprobó las carencias de los centros escolares que visitó, pero el momento definitivo llegó durante su período de coadjutor de la parroquia de La Valla, localidad de los montes Pilat a unos 35 kilómetros al sur de Lyon. Llegado allí el 15 de agosto de 1816 y tras intentar reconstruir moralmente el pueblo, el 28 de octubre tuvo una experiencia definitiva: asistió a un joven de 17 años, mortalmente enfermo, Juan Bautista Montagne, que ignoraba completamente los misterios de la fe. No era un hecho casual, en Francia, apenas la mitad de la población estaba escolarizada y los maestros ofrecían muy pocas garantías pedagógicas, debido a los continuos avatares bélicos que desde hacía 25 años azotaban al país galo.

El 2 de enero de 1817, Marcelino Champagnat ya había instalado a dos novicios, Juan María Granjon y Juan Bautista Audras, en una casa de La Valla. Tres meses después les daba un hábito y nuevos nombres (práctica común durante muchos años entre los hermanos). Este se puede considerar el arranque de Les Petits Frères de Marie (Los hermanitos de María), como los denominó su fundador, en contraposición a Les Grands Frères (Los grandes hermanos), título que asociaba a la ya veterana institución de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, fundada en Francia hacia 1680 por San Juan Bautista de La Salle (1651-1719), con una fortísima implantación en esa nación y que a finales del siglo XIX comenzó su expansión por numerosos países.

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En noviembre de 1818 los hermanos, que ya sumaban siete, abrían su primera escuela en Marlhes. En aquellos momentos dos métodos pedagógicos pugnaban por imponerse en el terreno educativo: el mutuo consistía en que el profesor impartía clase a unos monitores de 8 a 10, para que éstos, luego explicasen al resto de los alumnos; el simultáneo, ideado por los Hermanos de La Salle, se basaba en enseñar por secciones a la clase, utilizando la chasca para emitir señales y evitar palabras inútiles. La Iglesia prefería éste último porque permitía una mayor influencia del maestro y una mejor enseñanza de la religión. Los maristas adoptarían el método simultáneo pero con unas características propias: “Compartir la vida de los jóvenes, amar a los jóvenes y conducirlos a Jesús bajo la protección maternal de María”. El sustento de los hermanos provenía de 200 francos que pagaban los alumnos y un huerto que cuidaba la congregación. Es curioso que, hoy en día, en los grandes colegios de Francia, aún se mantenga la tradición del jardins potagers, que hermanos ya mayores cuidan en parcelitas como nos recuerda Francisco Ibáñez.

La obra continuó en irresistible ascenso a pesar del recelo de algunos sectores de la Iglesia, de la Universidad y de ciertos conflictos internos que supo superar Champagnat. Hito clave es la construcción y puesta en marcha, a fines de 1824, de Nôtre Dame de l'Hermitage, fundamental noviciado de hermanos. En 1837 se ponían por escrito las primeras Reglas de la Institución Marista. La Ley Guizot (1830) de Primera Enseñanza y la Ley Falloux (1850) de Segunda Enseñanza, favorecieron la expansión de los hermanos por Francia. El 20 de junio de 1851, Luis Napoleón Bonaparte firmaba un decreto de autorización legal para el Instituto de los Hermanos Maristas y S.S. Pío IX aprueba el Instituto por decreto de 9 de enero de 1863.

Cuando Marcelino Champagnat fallece en Hermitage el 6 de junio de 1840, el Instituto de los Hermanos Maristas cuenta con doscientos ochenta hermanos, cuarenta y ocho centros y unos siete mil alumnos. El prestigio en Francia era ya muy fuerte: “En estas montañas de Pilat se necesitan hombres con una abnegación sin límites, que, costando poco, reciben ayuda del Estado, de la caridad pública y de los Ayuntamientos. Estos son los Hermanitos de María. Estos maestros serán recibidos como un regalo y los Ayuntamientos no pedirán otros”, declara en 1834 el inspector Depuy. Pero los horizontes de Marcelino no se quedaban en los montes Pilat, ni siquiera en Francia: “Sus miras se extendían a todas las diócesis del mundo”, había confesado al obispo de Grenoble.


La devoción a la Virgen María

Imposible resulta entender la educación marista sin detenerse a observar la enorme importancia que Champagnat y sus sucesores han dado a la devoción a la Virgen María. No es desde luego la única devoción de los hermanos, que según las Enseñanzas espirituales dedican también sus prácticas piadosas a Jesucristo, San José, los Ángeles Custodios y las almas del Purgatorio, pero la devoción a María tiene un significado tremendo que traspasa la mera devoción del Hermano, para convertirse en eje y motor de la educación con que los maristas trataron y tratan de modelar al alumnado. En este punto los maristas son un importante antecedente de la proyección que San Juan Bosco (1815-1888) dio a su obra salesiana por María Auxiliadora y justo será recordar aquí la figura de San Luis María Grignion de Montfort (1673-1716), sacerdote francés famoso por su devoción a María y cuya influencia sobre Champagnat no es pequeña.

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Marcelino Champagnat definía a María como “nuestro recurso ordinario”, en alusión a las múltiples veces que él y los hermanos habían acudido a solicitar su intercesión para cualquier dificultad. Alejandro Balko, uno de los mejores teóricos del pensamiento marista refleja así la importancia que el fundador daba a María: “Uno de los polos del espíritu de Marcelino Champagnat lo constituye la confianza filial a María. Es el núcleo central de la sencillez, y determina la visión evangélica de su carisma (...) Las expresiones de abandono filial y confianza dinámica abundan en las cartas de Marcelino Champagnat”. “A mayor gloria de Dios y en honor de la augusta Virgen María, Madre de Jesucristo” es la divisa que aparece en el título de las Reglas del Instituto de 1837; “Todo a Jesús por María, todo a María para Jesús” es otro de los pensamientos habituales que podemos leer en Champagnat. De hecho, cualquier antiguo alumno marista podrá recordar que en aquellos cuadernos donde se puntuaba tanto los conocimientos como la aplicación (corrección, limpieza, orden), cualquier trabajo se iniciaba con las siglas AJPM (“A Jesús Por María”).

Desde ''1824'' los hermanos maristas han festejado en sus colegios las siguientes advocaciones de la Virgen: Inmaculada Concepción, Purificación, Anunciación, Asunción y Natividad. El Mes de María tiene mayor antigüedad, se celebra desde que Champagnat llegó a la parroquia de La Valla y desde entonces ese mes de mayo es característico de todos los colegios maristas; el artículo 51 de las Reglas dice así: “Los hermanos se esmerarán en celebrar devotamente el Mes de María, y exhortarán vivamente a sus alumnos a que lo celebren también con gusto y piedad”.

Estas tradiciones han sido continuamente renovadas por los sucesores de Champagnat y los primeros hermanos. En la publicación reciente de El educador marista, en las páginas 87 a 89, se remarca lo intrínseco del fervor mariano en un marista, Hermano o profesor seglar: “Ser marista implica ser devoto de María. María es como la clave del misterio de Jesús. Si nos sentimos orgullosos de llevar el nombre de María, estamos obligados a amarla y hacerla amar. Es característica indispensable de la que se debe dar testimonio para ser profesor de un colegio marista (...) Sin ella dejaríamos de ser verdaderos maristas”. La misma obra señala el papel primordial que debe desempeñar María en la maduración del corazón y del cerebro en el período escolar. El ya citado Balko resume las ventajas de la presencia de María en el proceso educativo de la siguiente manera: “La formación marista propone un evangelio mariano, con los jóvenes como destinatarios y beneficiarios de este sello especial mariano, que comporta: profundas actitudes humanas de trabajo, de actitud benevolente hacia los demás y de confianza filial en Dios”.

Ciertamente, cualquier antiguo alumno marista puede dar fe de las continuas prácticas piadosas hacia María, que tenían lugar a lo largo del curso. Algunas, como la misa de los sábados o el rezo del Santo Rosario se han perdido en nuestros días, pero otras como el Mes de María siguen en plena vigencia. La lista de canciones marianas, además, que se aprenden en los centros maristas es larga y acoge desde tradicionales como la Salve Regina, Stella Maris y Con flores a María a más modernas como La Buena Madre, Ven con nosotros al caminar, Madre de todos los hombres y Madre óyeme mi plegaria es un grito.

Beato y Santo

La Iglesia reconoció las virtudes de Marcelino Champagnat. El 29 de mayo de 1955, el Papa Pío XII beatificaba al fundador de los maristas en la Basílica de San Pedro. Fue Postulador de la Causa, el H. Alessandro di Pietro y, por entonces, era Superior General, el H. Leónidas. Desde ese momento, los hermanos pidieron de manera perseverante la canonización de Marcelino. El hecho milagroso para que esto fuera posible se produjo en 1976, cuando el H. Heriberto Weber, marista uruguayo, fue diagnosticado de una neoplasia primitiva desconocida, con metástasis en los pulmones. Fue desahuciado por los médicos y llevado a un sanatorio. Los hermanos maristas deciden entonces iniciar una novena para pedir su curación por la intercesión del Beato Marcelino. A su término el enfermo experimenta una extraordinaria mejoría y las radiografías revelan la desaparición total repentina de los signos de la enfermedad.

A raíz de este hecho, en 1985 se inicia el proceso informativo diocesano sobre el milagro, siendo el Postulador el H. Agustín Carazo. En junio de 1992 se entrega el Sumario sobre el milagro a la Congregación para las Causas de los Santos, siendo ya Postulador el H. Gabriele Andreucci. El 26 de junio de 1997 los peritos médicos de la Consulta consideran que la curación del H. Weber fue “muy rápida, completa, duradera e inexplicable”. A partir de entonces, las etapas hacia la canonización van muy rápidas. Durante 1998, los Consultores Teólogos atribuyen la curación del H. Weber a la intercesión del Beato Marcelino y la Congregación de Cardenales y Obispos concluye por unanimidad que se trata de un auténtico milagro, promulgando el Papa Juan Pablo II el correspondiente decreto el 3 de julio. Finalmente, el 9 de enero de 1999, Su Santidad, en Consistorio ordinario, anuncia la fecha del 18 de abril para la canonización.

Ese domingo, Juan Pablo II declara santo a Marcelino Champagnat, en una ceremonia en la que también reciben ese honor, Juan Calabria, sacerdote italiano fundador de la Congregación de los Pobres Siervos de la Divina Providencia, y Agustina Libia Pietrantoni, virgen de las Hermanas de la Caridad. La Plaza de San Pedro se llena, básicamente, de miembros de la familia marista, unos 14.000, que habían acudido fuertemente motivados por la campaña Un corazón sin fronteras, que el Instituto había difundido de cara al evento. De ellos, más de cien cordobeses, entre los que figura el antiguo alumno Luis Miranda, que reflejará el acto en un extenso reportaje que aparecerá en el diario Córdoba. La familia marista cordobesa celebrará, días después, con una misa solemne en la Catedral, presidida por el obispo, monseñor Martínez Fernández, la ascensión a los altares de Marcelino Champagnat.

Para el H. Benito Arbués, Superior General en el momento de la canonización del fundador, ésta “es punto de llegada porque se cumple el deseo de muchas personas y de partida porque nos ofrece la oportunidad de iniciar una nueva etapa que ha de caracterizarse por la comunión y la complementariedad de vocaciones en torno a la herencia que nos ha transmitido Marcelino”. En estas reflexiones, el H. Benito señala la actualidad del mensaje de Champagnat: “Para educar hay que amar, sin esta clave todo cae en proyectos sin vida y sin coherencia. Marcelino no quiso meros instructores, como no quiso meros catequistas; quiso educadores que apuntaran a la totalidad de las posibilidades de la persona. Desde su pensamiento de lograr buenos cristianos y virtuosos ciudadanos, se desprende que la acción educadora debe orientar hacia un compromiso con la vida, con la historia y con la sociedad”.

Así mismo, habla el Superior General de que el Instituto deberá afrontar una refundación para responder a las necesidades de los jóvenes y del mundo de hoy, y en ese sentido señala el importante papel a jugar por los seglares que se sienten maristas: “Los últimos capítulos generales piden a los hermanos que nos abramos al entorno, a la Iglesia y por supuesto a los seglares (...) Aceptamos que la misión y la herencia espiritual, que nos ha transmitido Marcelino de Rossey, no es patrimonio exclusivo de los hermanos sino de todas las personas que se sienten llamadas a realizar su vida orientadas por la vida evangélica que descubren en Marcelino. No se trata de trabajar para ayudar a los seglares a ser mejores educadores o confiarles algunas responsabilidades secundarias, sino de trabajar con los seglares, los hombres y las mujeres maristas”.

Vídeos sobre la figura de san Marcelino

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