H. Ignacio

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MARTÍNEZ SECO - 1.jpg
Beni Jesús Martínez Seco
Hermano Ignacio
Nacido en: 22 de abril de 1925
Fallecido en: 29 de diciembre de 2008
Años en Cervantes: 50 años
Ocupación: Profesor de matemáticas
Director de EGB
Profesor de religión
Profesor de ingreso

El H. Ignacio Martínez Seco (Beni Jesús es su nombre de pila, pero en este caso el que ha perdurado es el de profesión, H. Ignacio; o "el Iñaki", como cariñosamente lo llamaron sus alumnos durante muchos años), nacido el 22 de abril de 1925 en Quintanar de Valdelucio, pueblo de la provincia de Burgos,pero muy cerca de Aguilar de Campoo (Palencia), batió el récord de continuidad en Cervantes que poseía el H. Tomás: cincuenta años permaneció el H. Ignacio en el colegio marista cordobés, desde aquel lejano curso 1955/56 en que llegó, procedente del juniorado de Villalba (Madrid), para hacerse cargo de los alumnos mayores y de los deportes. Con anterioridad había estado en Larache, entonces en el Marruecos Español.

Durante más de quince años preparó a los cursos de 4º de Bachiller para la Reválida de ese año: “Su persona no sólo nos producía respeto, también admiración, pues todos sabíamos que si en 4º de Bachiller, en el que él daba clase, se aprobaba, la Reválida estaría, como dice hoy la juventud, chupada”, escribe Fernando Maestre.

Clase de 4º con el Hermano Ignacio como tutor

Con la implantación de la Educación General Básica (EGB), pasaría a ser profesor y tutor en 8º EGB, siendo su especialidad las Matemáticas, hasta que un problema en la visión le apartó de la docencia; fue un profesor muy exigente con los alumnos pero también consigo mismo a la hora de preparar la clase, y muy realista-por no decir,incluso verista- en sentido pedagógico: “Las lecciones que estudien los alumnos en casa han de haber sido explicadas por el profesor en clase... Las tareas escritas han de ser cortas y fáciles, pero realizadas con esmero y aplicación. El fin primordial de éstas, es educar la responsabilidad del niño”, decía en 1981. Director de la EGB y superior de la Comunidad Marista, han sido otros de sus cargos en Cervantes.

En 1977, la Federación Provincial de Centros de Enseñanza No Estatal, le concedió su premio anual de Profesional de la Enseñanza Distinguido y es Insignia de Oro de la Asociación de AA. AA., la cual, en 1991, le dedicó un emotivo homenaje, con ocasión de sus treinta y cinco años en el colegio, consistente en misa en la parroquia de la Compañía y almuerzo en el Círculo de la Amistad, al final del cual se le entregaron distintos regalos y recuerdos.

Cuando sus antiguos alumnos se paraban a saludarle y a presentarle sus hijos, en las fiestas del colegio o en sus diarios paseos por el centro de su Córdoba, el H. Ignacio se ha sentido más que pagado por sus desvelos y afanes educadores: “Uno de mis motivos de mayor alegría es ver cómo los antiguos alumnos aún nos recuerdan con cariño. Yo los considero casi como hijos míos. La prueba de que existe un afecto mutuo que no se borra con el paso del tiempo es que vienen a traer a sus hijos al Colegio en el que ellos estudiaron... Sin embargo, lo que más me duele es tener que decirles, en muchos casos, que no hay plazas”, afirmaba en una entrevista del diario Córdoba en 1983.

Marista de la vieja escuela, de recio aspecto, el H. Ignacio, retirado en la residencia de Benalmádena de los Hermanos Maristas desde la primavera de 2005, fue una institución viva y llena de humanidad del Cervantes al que apreciaba toda la Familia Marista cordobesa. Falleció de una afección estomacal el 29 de diciembre del año 2008.

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Artículos sobre el Hermano Ignacio en su fallecimiento

Artículo de Antonio Gil Moreno en Diario Córdoba. 24 de enero de 2009

La familia marista cordobesa ofrece hoy, en la parroquia de La Compañía, a las ocho y media de la tarde, una misa por el alma del Hermano Ignacio Martínez, fallecido a los 83 años hace menos de un mes. Cincuenta años consecutivos permaneció en el Cervantes, más que ningún otro marista en los setenta y cinco años de historia de colegio, desde el curso 1955/56, en el que llegó procedente del juniorado de Villalba (Madrid). Tuve el privilegio de conocerle de cerca durante mis primeros años de ministerio sacerdotal, como capellán del Cervantes (cursos 1970/71 y 1971/72), como también el privilegio de bendecir la primera piedra, a finales de 1970, del nuevo edificio del colegio en el barrio de la Fuensanta. Ya, entonces, el Hermano Ignacio era muy conocido, tanto por ser, junto al administrador Hermano Tomás, uno de los dos mayores de la comunidad, como por sus clases de Matemáticas. Era famosa en la ciudad su capacidad para preparar a los alumnos para la Reválida, así como su exigencia con ellos y consigo mismo. Vitalista y muy humano, sus dos grandes facetas, tan valoradas por sus hermanos de comunidad, terminaron prevaleciendo sobre la de maestro exigente ante sus alumnos y antiguos alumnos, que empezaron respetándolo, continuaron admirándolo y terminaron queriéndolo: “Uno de mis motivos de mayor alegría es ver cómo los antiguos alumnos aún nos recuerdan con cariño. Yo los considero casi como hijos míos. La prueba de que existe un afecto mutuo que no se borra con el paso del tiempo es que vienen a traer a sus hijos al colegio en el que ellos estudiaron...”, afirmaba en una entrevista del diario CÓRDOBA en 1983. El Hermano Ignacio, que realizó magistralmente sus deberes, habrá recibido una hermosa recompensa.

Artículo de Juan José Primo Jurado en ABC Córdoba. 21 de enero de 2009

Agradecido recuerdo al hermano Ignacio

La gratitud es la mejor moneda de las almas nobles y no hay mayor gratitud hacia un maestro que sus antiguos alumnos lo recuerden. Me van a permitir que dedique hoy mi artículo al H. Ignacio Martínez Seco, mi maestro de Matemáticas entre los años 1973 y 1975. Un marista burgalés (nacido en 1925 en Quintanar de Valdelucio, cerca de Aguilar de Campoo), de tan fuerte complexión que hasta existieron leyendas urbanas en el colegio de que fue boxeador antes que fraile y que falleció el pasado 29 de diciembre, a los 83 años, en la residencia de los maristas en Benalmádena.

Pero el H. Ignacio era mucho más que esos datos estadísticos. Sus cincuenta años seguidos en el Colegio Cervantes, donde llegó en el curso 1955/56, le convirtieron en icono de la presencia marista en Córdoba y permitieron conocer muchas de sus facetas.

Ante todo fue un excelente profesor de Matemáticas en lo que entonces se llamó 4º de Bachiller y luego 8º de EGB. Durante más de quince años preparó a los cursos de 4º para la Reválida: «Su persona no sólo nos producía respeto, también admiración, pues todos sabíamos que si en 4º de Bachiller, en el que él daba clase, se aprobaba, la Reválida estaría, como dice hoy la juventud, chupada», escribía un antiguo alumno.

Muy exigente con sus alumnos, empezaba por exigirse él mismo: pulcro, aseado, puntual, ordenado, más de siete horas diarias de trabajo más los sábados y las mañanas de los domingos, el problema diario de mediodía que debían presentar los alumnos antes de entrar a clase por la tarde, la corrección diaria y horas y horas de pie en la pizarra, que terminaron provocando su cruz.

Realista en el terreno pedagógico, él mismo explicaba cuál era la mejor y más sencilla fórmula: «Las lecciones que estudien los alumnos en casa han de haber sido explicadas por el profesor en clase... Las tareas escritas han de ser cortas y fáciles, pero realizadas con esmero y aplicación. El fin primordial de éstas, es educar la responsabilidad del niño».

Un problema en la visión le apartó de la docencia, pero no del contacto con los alumnos. Era el encargado de, diligentemente, abrir la puerta del colegio, ya en la Avenida de Nuestra Señora de la Fuensanta, aprovechando para charlar en el patio con los niños. Luego, en sus paseos por Córdoba, siempre se paraba con antiguos alumnos, a los que les preguntaba por sus vidas y se alegraba por sus éxitos. Y así, éstos, como leyó el H. Juan José Mina en su funeral: «Al principio besaban tu cruz, luego te daban la mano y al final te besaban como al abuelo bueno de la casa».

Humanidad que el propio H. Juanjo revelaba también en otras facetas del H. Ignacio: «Tu alegría en comunidad era contagiosa, te gustaba reír y hacer reír; sabías contar chistes, animar una velada, participar en los juegos navideños... y tus juegos de cartas, con trucos incluidos, te hacían ser casi invulnerable. Tus señas, previamente pactadas sacaban de quicio a los contrincantes». Vitalista por naturaleza, vivió en plenitud cada instante de su vida y cuando le llegó la hora final la afrontó con serenidad: «Estoy preparado, ya solo dependo de las manos de Dios que sé que me quiere»

El H. Ignacio se fue hace tres años del Cervantes casi sin despedirse. Le costó la misma vida, pero sus problemas de columna le impedían seguir en Córdoba y le obligaban a buscar un lugar más adaptado. No quiso homenajes, ni despedidas. Pero su recuerdo y ejemplo nunca se fueron y hoy resuenan con fuerza entre sus antiguos alumnos, entre sus hermanos de congregación, entre los profesores que compartieron afanes con él, entre los padres que le confiaron sus hijos. Todos ofreceremos una misa por su alma, el próximo sábado 24 a las ocho y media de la tarde en La Compañía

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