El Colegio Cervantes del Palacio de Torres Cabrera (1935 - 1942)

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El Colegio Cervantes (1933-2008). 75 años de Maristas en Córdoba Juan José Primo Jurado

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El palacio de los condes de Torres Cabrera

1935/36, el tercer curso de los hermanos maristas en Córdoba, se iba a iniciar en un señorial y amplio edificio, bien distinto del anterior. Se trataba del palacio de los condes de Torres Cabrera, emplazado en el número 13 de la calle de idéntico nombre. En lo que no se diferenciaban ambas mansiones era en la enjundia del linaje de sus titulares: como los Velasco, los Torres Cabrera hundían sus raíces en la Edad Media cordobesa. Fernando Díaz de Cabrera, encargado por Enrique II del gobierno de Córdoba, fue el fundador del mayorazgo de los Torres Cabrera, elevado a Condado por Carlos II en 1688. La casa palacio de los condes, donde se ubicaría el Cervantes, se alzó en el siglo XVII y fue reedificado en la segunda mitad del XIX.

Las mejores descripciones históricas de esta mansión nos las ofrecen Teodomiro Ramírez de Arellano y Ricardo de Montis. Ramírez de Arellano la describe como “una de las casas más bonitas de Córdoba” y destaca su verja de entrada, el jardín exterior y el patio principal; señalando la biblioteca y magnífica colección de antigüedades romanas que posee la casa, procedentes de excavaciones realizadas in situ. Montis se extiende más, no en vano se trata de un artículo fechado en junio de 1928, glosando las glorias arquitectónicas e históricas de esta casa, con el fin de convencer a la Diputación para que la adquiriese y destinara a Gobierno Civil. Fin que la sacaría del vacío y silencio en que había caído en esos años. La fachada principal está compuesta por dos cuerpos salientes unidos por una terraza, que le dan aspecto de fortaleza; dentro, el patio central del edificio, circunvalado por arcos sostenidos por 30 columnas y con pavimento y zócalo de mosaico. Una escalera de mármol negro con incrustaciones de mármol blanco y ágata, unía las dos plantas de que constaba la casa palacio.

En esta mansión, siendo conde de Torres Cabrera Federico Martel, se habían alojado los duques de Montpensier, en 1848, y Ramón María Narváez, que presenció desde allí un desfile de la Milicia Nacional. Siendo conde Ricardo Martel y Fernández de Córdoba, gobernador civil de Córdoba, la casa alojó durante tres días de abril de 1877 (que correspondieron a la Semana Santa) al rey Alfonso XII y su séquito; estancia de la que se conserva un riquísimo Salón del Trono de 90 metros, estilo Luis XV. El líder del Partido Conservador, Antonio Cánovas del Castillo, también fue huésped de Ricardo Martel, jefe de dicho partido en Córdoba, y a cuya recepción acudieron varios miles de personas que llenaron salones, patios y jardines. Otras dedicaciones que tuvo la casa palacio en esta época fueron la de sede del diario conservador La Lealtad, exposición permanente de productos y maquinaria agrícola, fiestas de fin de curso de las escuelas dominicales para obreros, institución benéfica creada por la condesa Isabel de Arteaga, y Juegos Florales y fiestas literarias, en una de las cuales se dio a conocer Antonio Fernández Grilo, cantor de las Ermitas cordobesas y de quien los condes se convirtieron en mecenas, costeándole la publicación de su primer libro de versos.

Una nueva sede para el Cervantes

El sentimiento de melancolía y preocupación que invadía a Montis viendo la otrora señorial y activa vida de la casa palacio, devenida en silenciosa y triste, con un futuro de ruina y derribo, se solucionaría siete años después de que escribiera su artículo. El 14 de septiembre de 1935, el H. Julio Albéniz, director del Colegio Cervantes, firmaba un contrato de arrendamiento con Pilar Meléndez Valdés, propietaria del edificio. El estado de éste, a pesar de llevar deshabitado varios años, era magnífico y los hermanos solo tuvieron que efectuar pequeñas reformas para adaptarlo a su uso de colegio, como la transformación del Salón de Baile en capilla y la construcción de seis retretes y una fuente para que bebieran los niños en el patio. El 15 de septiembre se realizó el traslado desde el local de la calle Barroso, al amanecer, por los propios hermanos “para no perder prestigio”, como nos recuerda Francisco Ibáñez. A los padres con niños en el Colegio se les envió una tarjeta notificándoles el cambio de domicilio y en la prensa local se incluyó el siguiente anuncio: “Colegio Cervantes, Primera y Segunda Enseñanza. Se ha trasladado al Palacio de los Condes de Torres Cabrera. Extensos patios, hermosos jardines, amplias aulas. El reglamento limita el número de alumnos por aula”. La nueva ubicación del Colegio no escapaba del centro de la capital y, aunque en sentido contrario y con más revueltas, no más de 300 metros le separaban de las Tendillas. La calle, en fin, comunicaba los Jardines de Colón con la plaza de Capuchinas y en sus alrededores se localizaban lugares tan típicamente cordobeses como las plazas de las Doblas, de Capuchinos y del Cardenal Toledo o el número 2 de la misma calle, que había visto nacer el 4 de julio de 1917 a Manuel Rodríguez Sánchez, Manolete.

El curso se iniciaba el 1 de octubre de 1935 con sesenta y cuatro alumnos que irían paulatinamente aumentando hasta llegar a ciento once en diciembre. Las aulas tenían una amplitud y luminosidad de las que carecían las de la calle Barroso y los chavales podían desfogar sus energías jugando al fútbol y al baloncesto en un patio interior terrizo, respetando el patio de columnas y el jardín. El profesorado estaba formado por los Julio Albéniz, Ignacio Martínez, Francisco Arteaga, Matías Botet, Carlos Merino y Lucialiano Bernardo. El 10 de mayo de 1936 se celebraron las Primeras Comuniones de los niños del Cervantes, por primera vez en la cercana y hermosa parroquia de San Miguel, estrenándose el coro colegial. A los exámenes para obtener el título de Bachillerato se presentaron diecinueve alumnos, todos aprobados, lo que valió una felicitación del Instituto al Cervantes.

Los Anales del colegio recogen una significativa anécdota de este curso: los hermanos maristas no vestían de sotana, se titulaban solo “maestros católicos”, y la propiedad del colegio era de una sociedad anónima y no del Instituto Marista, de acuerdo con la legalidad republicana. Pues bien, el 14 de noviembre, el Cervantes fue visitado por el inspector jefe de Primera Enseñanza, quedando complacido del local, los alumnos, los maestros y la enseñanza (que no ocultaba ni el rezo ni el crucifijo en las aulas). Mantuvo un gesto serio durante toda la visita, pero al marchar, y con una sonrisa, les dijo a los “maestros católicos”: “No me engañan, son ustedes maristas”.

La Guerra Civil

Graves acontecimientos esperaban a Córdoba y España, en general, recién terminado el curso 1935/36. El estallido del Alzamiento y la subsiguiente Guerra Civil atemorizará a los maristas cordobeses, hasta que la conexión con las fuerzas sublevadas de Sevilla y las desembarcadas en Cádiz, clarifique la situación de Córdoba a favor de los nacionales. Desde la relativa calma de esta ciudad de retaguardia, los hermanos vivirán el dolor y tristeza, a medida que conozcan las desventuras de sus compañeros de congregación que han quedado en la otra España y que serán víctimas de un odio irracional e injustificado. La matanza colectiva más atroz tendrá lugar en Barcelona, el 8 de octubre de 1936, cuando cuarenta y cinco maristas, encabezados por el Superior Provincial, H. Laurentino Alonso, sean ametrallados por anarquistas de la FAI frente al cementerio de Moncada. El total del martirologio marista durante la Guerra Civil eleva el número de víctimas a ciento setenta y cuatro, más ciento veinte que sufrieron prisión, viviendo la Provincia Bética sus mayores angustias en Málaga, Badajoz y Jaén. Moral Barrio escribe sobre esta tragedia: “En la trama del conflicto hubo turbias sinrazones humanas. Pero en miles y miles de casos hubo, sin duda, testimonio y martirio. Reconocerlo y proclamarlo no es condenar a los verdugos, a quienes los mártires perdonaron siempre. Todos fallamos entonces como sociedad; pero ellos nos redimieron, a todos, con su sangre. Proclamar a nuestros mártires no es rechazar la reconciliación, sino buscar, en esa sangre purificada por el amor y la muerte, la semilla de la reconciliación”.

El 4 de octubre de 1936 se iniciaba el curso en el Cervantes. Había una significativa novedad: los hermanos vestían de sotana. Pero algo más que cambios de imagen tendría el Cervantes durante la guerra. Una compañía de transmisiones se instaló en dependencias del colegio y una clase baja se adaptó como refugio durante los bombardeos aéreos. Esta clase recibió el sobrenombre de El Sotanillo y dio origen a una revista quincenal, editada por los alumnos, con poesías, artículos, chismes y las consabidas caricaturas. Los Anales recogen el dato de que un día una bomba cayó en el patio terrizo e hirió a un soldado. El general Queipo de Llano, personalmente desde Sevilla, ordenó que el Cervantes, a pesar de las penurias económicas, debía encargarse de cuarenta huérfanos de guerra, almuerzo y educación incluidos.

La nueva situación de España afectará, lógicamente, al tipo de educación. El H. Ibáñez se extiende sobre este tema: Dios, Patria, Familia y Disciplina eran conceptos que se manejaban con naturalidad, se palpaban en el ambiente y trataban de ser los pilares sobre los que, Iglesia y Estado querían construir el nuevo orden. La descripción que Ibáñez nos da del comienzo del curso el 15 de septiembre de 1938 no puede ser más gráfica: “... ya de mañanita confluyen por las distintas calles numerosos grupos de alegres pequeños que inundan el jardín con sus metálicas voces... Mostraban la alegría de entrar en su segundo hogar y formados en impecables filas, saludaban, brazo en alto a la enseña nacional”.

El Cervantes continuaba su vida normal a pesar de la guerra. Buenos resultados académicos; actividades extraescolares con efecto de mejorar el caché del centro, como una demostración gimnástica en la plaza de toros de Los Tejares; participación de los maristas y sus alumnos en la obra apostólico-social de la catequesis del barrio de los Olivos Borrachos, en colaboración con la Acción Católica, actividad que se mantendría en los años de posguerra... El número de alumnos aumentaba: para el curso 1939/40, finalizada la guerra, se llegaba a los trescientos. También arribaron nuevos hermanos, entre los que hay que destacar por su trascendencia en la historia del Colegio, al H. Esteban Gallo, uno de los escasos supervivientes del colegio malagueño, llegado en 1938, y al H. Tomás Corral, venido en abril de 1939 tras dos años de dura cárcel en Jaén. Por contra, la comunidad marista cordobesa podía ya contar su primer fallecido: el H. Felipe Irulegui partía para la Casa del Padre el 10 de noviembre de 1938; Los Anales le dedican ocho páginas de verdadero afecto.

Cambio de director y nueva etapa

El año 1940 contemplaba la venida de un nuevo director para el Cervantes, el H. Agapito García Osorno, procedente del colegio de Burgos, que sustituía en el cargo al H. Julio Albéniz, destinado como director del colegio de Larache, en el Marruecos Español. El reconocimiento al primer director del Cervantes se refleja en los Anales redactados por su sucesor: “Don Julio, como los alumnos muy cariñosamente le llaman y le recuerdan, fue el fundador y el alma de este Colegio que hoy cuenta 400 alumnos, en partes iguales de 1ª y 2ª Enseñanza. Córdoba y el Colegio Cervantes saben de los trabajos, sudores y fatigas de don Julio que, durante siete años y en momentos muy críticos ha venido sosteniendo esta obra. Lo que hay, a él se le debe y a los que con él han colaborado”. En 1975, la Asociación de AA. AA. del Cervantes, le dedicó una de las aulas de los últimos cursos, grabando su nombre en una placa de mármol. Para el cargo de subdirector se nombró al H. Victoriano Ruiz, presente en el colegio desde 1937 y futuro director de 1957 a 1963. El cambio se realizaba sin ningún problema y con la obediencia que siempre ha caracterizado a los maristas: “Los Superiores mandan y colocan a sus súbditos en los lugares y casas que creen más convenientes”, rezan los Anales.

Una nueva etapa se abría para el Cervantes, que contaba en el curso 1940/41 con trece hermanos encargados de los puestos de director, administrador, de los cuatro cursos de Primera Enseñanza y de los siete de la Segunda. Tres profesores seglares impartían clases en el colegio: Carlos Sánchez (Latín y Geografía), el teniente José Martín (Educación Física) y el reconocido imaginero Juan Martínez Cerrillo (Dibujo), luego sustituido por Marcial Costa Quintero. Las retribuciones de estos seglares eran de 100 pesetas mensuales por hora diaria de clase.

La evolución de la matrícula en Cervantes nos la muestra el siguiente cuadro:


1940/41 1941/42 1942/43 1943/44 1944/45 1945/46
Párvulos 50 29 25 27 30 36
Clase Elemental 45 38 40 32 34 35
Grado Medio 46 45 44 47 39 42
Ingreso 42 42 52 50 42 38
Total 1ª Enseñanza 183 154 161 156 145 151
1º Bachillerato 52 34 41 41 32 39
2º Bachillerato 35 45 39 41 40 40
3º Bachillerato 32 33 39 38 39 38
4º Bachillerato 27 28 27 33 35 23
5º Bachillerato 23 20 23 22 26 28
6º Bachillerato 15 19 18 20 21 30
7º Bachillerato 20 14 17 17 19 15
Total 2ª Enseñanza 204 193 204 212 212 213
TOTAL COLEGIO 387 347 365 368 357 364


La “euforia” de la posguerra

Comunidad de Hermanos Maristas en el Palacio de Torres Cabrera en el año 1941

Años de posguerra y numerosas estrecheces económicas para la comunidad marista, pero el colegio sigue adelante. Los años cuarenta son años en el Cervantes de euforia por el triunfo en la contienda y por la paz. Es lo que luego se llamará el nacionalcatolicismo, que se prolongará hasta bien entrados los cincuenta. Por las mañanas, a la entrada, todos los alumnos reunidos en el patio, cantaban el himno nacional con la oficiosa letra de José María Pemán, mientras en un balcón se izaba la bandera de España. Incluso alguno de los hermanos nuevos, como el H. Florentino Asenjo Bañuelos, se habían visto obligados a combatir en la guerra, lo que excitaba la imaginación de los chavales: “Don Florentino nos contaba episodios de la recién terminada Guerra Civil, de los que él había sido protagonista. Los contaba de una forma que parecía que los estábamos viendo, aunque a mí me costaba mucho esfuerzo imaginarme vestido de soldado a aquel hermano marista con amplia sotana y su pequeña baberola, blanquísima y almidonada. Para mí, aquel hombre era un héroe, que había colaborado muy mucho en la derrota de los rojos”, recuerda Eduardo Font de Dios.

Pupitre de la época

El curso escolar estaba salpicado de fiestas religiosas, la mayoría, y de contenido político, que la comunidad de Cervantes, vivía intensamente, como la mayoría de los cordobeses de aquellos años. La lectura de los Anales nos revela una actitud sincera, lejos de cualquier pretenciosidad o artificialidad religiosa y, en todo caso, en sintonía con los tiempos. Veamos, a continuación, cómo se desarrollaba el curso en cuanto a festividades se refiere.

Todos los domingos había misa de 9 de la mañana, oficiada por algún padre capuchino, y desde octubre de 1942, con el cambio de sede del colegio, por el nuevo capellán Juan Antonio Lozano o por el párroco de La Compañía, José Torres Molina. Igualmente, durante todo el curso, se celebraban los Primeros Viernes de Mes, con misa, comunión y consagración al Sagrado Corazón de Jesús, dirigidos por el P. Roldán, jesuita para el que siempre tendrán palabras de elogio los maristas y que se caracterizaba por su carisma y sentido pedagógico hacia los alumnos. El rezo del rosario también era práctica habitual para los alumnos de Segunda Enseñanza, efectuándose a las 6’30 de la tarde en la capilla.

El curso, en sí, se iniciaba a primeros de septiembre con una misa y la presentación de profesores. Especial trascendencia, para el colegio y la ciudad, tuvo el inicio del curso 1945/46: por iniciativa del obispo de Córdoba, Adolfo Pérez Muñoz, tuvo lugar una Santa Misión en toda la diócesis las dos primeras semanas de octubre; cincuenta y dos padres jesuitas se encargaron de la capital, que pareció transformarse en un inmenso templo y así quedó grabado en los Anales maristas y en la historia cordobesa. Iglesias, centros de trabajo, cuarteles, la calle... fueron testigos de un fervor inaudito y multitudinario, de renovación espiritual y religiosa; los alumnos mayores del Cervantes participaron en la comisión de orden, acompañaron a la Santa Misión a Los Olivos Borrachos y desfilaron en la magna procesión del 12 de octubre que culminó en la Plaza de José Antonio, hoy Tendillas: “El éxito de la Misión ha desbordado completamente el límite de las esperanzas de los más optimistas. Laus Deo. Ha habido actos especiales para niños, jóvenes, hombres, etc.; todos con extraordinaria brillantez, que perdurarán, sin duda, en el recuerdo de los cordobeses. Dios quiera que también se conserve el fruto que ha de reportar a las almas”, recogían los Anales. En inicios normales de cursos, el 15 de septiembre tenía lugar la Fiesta de la Escuela Cristiana, en cuya procesión participaban las distintas órdenes religiosas dedicadas a la enseñanza ubicadas en Córdoba.

Ofrenda floran del año 1943
El 25, 26 y 27 de septiembre era la Feria de Otoño, suspendiéndose las clases de la tarde para la Primera Enseñanza, la única que había empezado el curso. El 1 de octubre se celebraba la Fiesta del Caudillo, no había clase y los hermanos asistían a la recepción oficial en el Gobierno Civil; al día siguiente comenzaban las clases de la Segunda Enseñanza. El 12 de octubre, Fiesta de la Virgen del Pilar y de la Hispanidad, los alumnos asistían a misa de 9 en el colegio y luego tomaban vacación. A finales de mes tenía lugar el Domingo Mundial Por las Misiones, más conocido como Domund; en 1945 salen por primera vez los alumnos del Cervantes a recorrer las calles de Córdoba con sus huchas y brazaletes, recogiendo la importante cantidad de 2.055 pesetas. El 29 de octubre (luego el 9 de febrero), Fiesta de los Caídos, por la mañana tenían clase los alumnos que no eran flechas, los demás oían misa en San Cayetano, efectuaban una ofrenda floral ante la Cruz de los Caídos en la Torre de la Malmuerta y por la tarde vacación. El 1 y 2 de noviembre, Fiesta de Todos los Santos y de los Fieles Difuntos, tampoco había clase, sólo misa de 9 los dos días y excursión campestre (la castañada) el segundo. El 20 de noviembre era el Aniversario de la muerte de José Antonio Primo de Rivera, se celebraba con vacación y con misa oficial en la catedral a la que asistía una representación del colegio. En diciembre, el 8, encontramos la Festividad de la Inmaculada Concepción que, precedida de una novena, se celebraba con misa y comunión general en la capilla.

Equipo de fútbol del Colegio Cervantes en el año 1941

Las vacaciones de Navidad ponían fin al primer trimestre del curso. Estas se iniciaban el 23 de diciembre, tras la lectura de notas, reanudándose las clases el 7 de enero. En diciembre de 1942, las vacaciones son precedidas de una campaña entre los alumnos para recoger donativos destinados a la División Azul; la suma obtenida, redondeada por el Colegio, es de 300 pesetas, “¿Qué hará el Colegio de Cultura Española que lleva entregando ya dos años mil pesetas?”, se lamentan simpáticamente los hermanos en los Anales. Durante el período vacacional los hermanos aprovechaban para hacer algún viaje y limpiar y ordenar las clases. El 24 de diciembre se asiste a la Misa del Gallo y la noche del 31 se dedica a acción de gracias y contrición. No podemos dejar de señalar cómo se recoge en los Anales el 1 de enero: “Terminadas las oraciones de la mañana y una vez reunidos en la Sala de Profesores, se procedió al saludo fraternal: con santa alegría y cariño los miembros de esta Comunidad nos deseamos el feliz Año Nuevo”. En cuestión más material, no faltan los regalos de alumnos que ayudan a pasar mejor estas fiestas y que los hermanos agradecen así: “Aunque el año sea de escasez y privaciones, sin embargo, la Providencia vela por sus escogidos y las Pascuas de Navidad no transcurren del todo mal: el pollo, los buenos vinos y licores y otras buenas cosas procedentes de regalos, pasan por la mesa” o “El niño Jesús quiere hacernos partícipes del regocijo que viene a traer al mundo su nacimiento, no sólo para el espíritu sino también un poco para la materia que ha de servirle con buena voluntad y hace que los obsequios de los alumnos, sin cosa mayor, sean algo más numerosos que en años anteriores”. Cualquier antiguo alumno que estudiara en el colegio de la plaza de la Compañía, recordará las ventanas del patio blanco que dan al sótano y que en vísperas de las vacaciones navideñas eran pobladas por algún ilustre visitante, generalmente un pavo. Los maristas, en cualquier caso, no podían olvidar su sello de sencillez, e incluso en Navidad, el Consejo Local de diciembre de 1942 tomaba la siguiente medida: “Manifiesta el Hermano Director que, no siendo costumbre entre nosotros tomar café con leche después de la cena, se aproveche dicha leche para incrementar la densidad del desayuno, máxime que por el calor, o por otras causas misteriosas, corre peligro de evaporarse, todo o parte de tan nutritivo líquido”. La festividad de Reyes iba precedida de la asistencia de los hermanos a la Cabalgata, que era contemplada con ojos maravillados por aquellos castellanos, vascos y navarros que la vocación y la obediencia llevaron lejos de su tierra: “Ciertamente es digna de verse, mezcla de procesión cívica y religiosa, tan en consonancia con la psicología andaluza”. Para Reyes, los hermanos recibían un pequeño regalo de la propia comunidad: “Se encarga al hermano administrador, vea el modo de proporcionar, dentro de los límites de la economía y de la santa pobreza, un pequeño aguinaldo a los hermanos el día de Reyes”.

Ya en el segundo trimestre, en febrero se iniciaban los Siete domingos de San José, patrón de los hermanos maristas, consistentes en rezar oraciones y cantar canciones a sus dolores y gozos, durante la misa de alumnos de las 9 de la mañana. En febrero, también generalmente, se celebraba el Miércoles de Ceniza, cuya imposición se efectuaba a los alumnos tras misa de 9 en la capilla. El 1 de marzo de 1941, extraordinariamente, no hubo clase; el motivo histórico lo recogemos textualmente de los Anales: “El 1º de marzo fue día de luto nacional. S.M. Alfonso XIII falleció en Roma el 28 de febrero. En todas partes se celebran funerales por el eterno descanso de su alma. En Córdoba sus honras fúnebres son en la Catedral, asisten la mayoría de los miembros de la Comunidad. Ese día no hubo clase”. El 7 de marzo, Fiesta de Santo Tomás de Aquino, patrón de los estudiantes católicos; misa de 9 y vacación. El 10 de marzo se celebraba la Fiesta de los Mártires de la Tradición, no había clase y los hermanos asistían a misa en San Hipólito. El 19, Fiesta de San José, se celebraba con misa y comunión general en la capilla y luego vacación; la víspera solía haber alguna actividad cultural y recreativa en el Colegio.

La semana anterior a Semana Santa tenían lugar Ejercicios Espirituales para los alumnos de Segunda Enseñanza. Los de 5º, 6º y 7º se recluían cinco días en San Hipólito, de donde sólo salían para comer y dormir en sus casas; en algunos años, a petición de los alumnos, los Ejercicios se hacían cerrados en el Colegio Nuestra Señora de Araceli de Lucena. Los alumnos de 1º, 2º, 3º y 4º, durante esos cinco días, recibían dos pláticas diarias en la capilla del colegio, una a las 12 y otra a las 18’30 tras el rosario. El Viernes de Dolores, fiesta de gran devoción en Córdoba, los dos grupos finalizaban los Ejercicios con misa y comunión general, tomando vacación después.

El Lunes Santo los alumnos acudían al colegio para recoger las notas e iniciar las vacaciones, que duraban hasta el Martes de Pascua, inclusive. Durante el período vacacional, los hermanos salían al campo, veían procesiones y asistían a los Santos Oficios (en los PP. Capuchinos primero, en La Compañía y Catedral, luego).

Abril se iniciaba en su primer día con la Fiesta de la Victoria: “La magnífica Victoria de nuestros soldados en su heroica cruzada. ¡Señor de los Ejércitos! los que gemimos en las mazmorras rojas: ¡Te Deum laudamus!”, expresan vehementemente los Anales en el 1 de abril de 1943. Ese día no había clase (salvo dos horas si coincidía con Ejercicios Espirituales) y el Cervantes participaba en el desfile cívico-militar que recorría las calles de Córdoba (la tribuna de autoridades se alzaba en la Avenida de la Victoria) con una escuadra de alumnos de 1º, 2º y 3º de Segunda Enseñanza, que interpretaba canciones patrióticas. En la misma línea de conmemoración política iba la Fiesta de la Unificación, que se celebraba con vacación el 19 de abril, recuerdo del decreto de Franco de 1937 que creaba la FET y de las JONS. El 23 de abril, Día del Libro y de Cervantes, el Colegio, que llevaba el nombre del gran escritor, suspendía las clases, celebraba concursos literarios y exposiciones de libros.

Mayo se iniciaba con la fiesta nacional del Primero de Mayo; los alumnos oían misa de 9 y tomaban vacación. Era el mes de mayo un mes muy importante para el colegio pues durante él se celebraban las Confirmaciones, Primeras Comuniones a cuya preparación tanta importancia daban los hermanos, y el Mes de María, igualmente de gran sentido en la Institución Marista. Las Confirmaciones se llevaban a cabo en la parroquia, primero San Miguel y luego La Compañía, y eran presididas por los obispos de Córdoba, Adolfo Pérez Muñoz hasta 1945 y fray Albino González Menéndez-Reigada desde esa fecha. De las Primeras Comuniones, que se celebraban en los domingos de mayo o el Día de la Ascensión o de La Aparición de San Rafael, hablaremos más adelante, digamos ahora que el Mes de María se celebraba diariamente, todo el colegio, a última hora de la tarde en la capilla del palacio de Torres Cabrera y en la iglesia de La Compañía cuando el Cervantes se trasladó a su tercer emplazamiento; en ese acto, los Carmelitas Descalzos imponían a los alumnos el Escapulario del Carmen; aparte, en cada clase, solía ponerse una imagen de la Virgen María a la que los alumnos ofrecían las tradicionales flores. Mayo finalizaba con la Feria de Nuestra Señora de la Salud que, como en nuestros días, duraba una semana, de lunes a domingo, concediéndose vacación completa tres días y suspendiéndose la sesión de la tarde los otros tres.

Y llegamos a junio, el último mes del curso escolar. En él tenían lugar dos festividades, el Corpus Christi, que por supuesto no había clase y asistiendo la comunidad y algunos alumnos a la procesión que, con el Santísimo en la Custodia, realizada por de Enrique de Arfe, recorría la ciudad y la Fiesta del Fundador de los maristas, Marcelino Champagnat: los hermanos preparaban con verdadero cariño y esmero esta festividad, tanto por dar realce a su, entonces, Venerable fundador, como por intentar que surgiera alguna vocación. Los días 3, 4 y 5 de junio tenía lugar el triduo preparatorio, a partir de las 6 de la tarde, con plática a cargo del ya citado P. Roldán S. J. y el día 6 se celebraba la gran fiesta de Marcelino Champagnat, con misa a las 9 de la mañana, actividades culturales y competiciones deportivas, bien en las pistas del colegio, bien en estadios de la ciudad (América, Marrubial, Electromecánicas). Algunos años, al día siguiente, se programaba una excursión campestre con alumnos escogidos.

Ninguna festividad quedaba ya en el curso, que desde mediados de junio enfilaba su recta final de exámenes en todos los niveles.

Las Primeras Comuniones

Las Primeras Comuniones siempre han tenido mucha importancia para los hermanos maristas, tanto por la trascendencia católica de dicho acto, como por la vivencia que marca en los niños y el “escaparate” en que, ciertamente, son de la marcha del colegio, para los padres y la sociedad. Actualmente se realizan en el amplísimo salón de actos que posee el Cervantes en su moderno edificio de la Avenida de la Fuensanta, previos meses de intensa preparación catequética a cargo de padres, madres y antiguos alumnos; pero esta actualidad hunde sus raíces en una importante tradición desde la instalación del Cervantes en el palacio de Torres Cabrera.

El H. Tomás Corral era el preparador, desde febrero, de los primocomulgantes, que por entonces accedían a la comunión con 6 o 7 años. Les explicaba el Catecismo y el sentido del acontecimiento del que iban a ser protagonistas: “Reconozco que lo hizo muy bien y que llegó a inculcarnos la auténtica esencia de lo que significaba ese Sacramento. Lo mejor de todo era cuando se acercaba la fecha prevista, porque ensayábamos la ceremonia en la iglesia, con hostias de verdad, claro está que sin consagrar. Mi mayor preocupación era que no se me pegase al paladar, puesto que solo la podía despegar, y con mucho cuidado, con la punta de la lengua. Nos enseñaron que, además de estar en Gracia de Dios, la Sagrada Forma no se podía tocar con la mano, y que teníamos que estar en ayunas absolutas desde las doce de la noche del día anterior”, escribe Font de Dios.

El colegio preparaba una coral para la misa y distribuía programas del acto y recordatorios a los niños. Los días escogidos solían ser domingos de mayo, el día de la Ascensión del Señor o la Aparición de San Rafael a la que, con fecha del 7 de mayo, daban gran importancia los hermanos y la ciudad de Córdoba. El lugar, si era un grupo grande (más de veinticinco), la parroquia de San Miguel, primero, y de La Compañía después, y si era reducido, en la capilla del colegio. Para ver la importancia que concedían los hermanos a la Primera Comunión basta leer los Anales: “Esmeradamente preparados por el H. Tomás, lléganse sus almas candorosas, a teñirse en la púrpura divina de la sangre del Cordero ¡Quiera el Señor que sea para todos ellos prenda de eterna salvación!”. Las familias hacían lo que podían por poner guapos a sus hijos: “Aquel día me vistieron de blanco, con los primeros pantalones largos que había tenido, llevaba en una mano un pequeño devocionario y un rosario de plata de filigrana, y en la otra, una vela con muchos adornos que nunca encendí. Otros compañeros iban vestidos de distinta manera, de marineros o de almirante. Tan solo uno, que se apellidaba Santos, iba vestido de una forma muy especial. Totalmente de negro, incluso los calcetines y los guantes. Su padre había muerto recientemente y era preceptivo que fuese de luto”, recuerda Eduardo Font de Dios. Recibida la comunión, los niños, de dos en dos, renovaban la Promesas del Bautismo con la mano derecha apoyada en los Evangelios. Particular importancia tuvieron las Primeras Comuniones de mayo de 1944, cuando la tomaron dos hijos del entonces Alcalde de Córdoba, el prestigioso médico Antonio Luna Fernández, alumnos del Cervantes.

Terminado el acto, un fotógrafo de colegio sacaba una foto al grupo y este se disolvía en busca de algún tipo de “satisfacción”, como nos comenta Eduardo Font: “Debido a la precariedad de medios económicos de casi todas las familias, las celebraciones profanas eran muy austeras. Tan solo un desayuno en familia, y en casa. Posteriormente, acompañado de mi madre, fui visitando una a uno a los miembros más allegados de mi familia, tíos, abuelo y algún que otro íntimo amigo. En cada casa te hacían un regalo. Siempre en metálico. Una o dos pesetas era lo corriente, que yo depositaba en una limosnera, que portaba exclusivamente para este evento. Los zapatos nuevos de tacón de mi madre y los míos blancos recién estrenados, todos los trayectos realizados a pie, hicieron que cuando regresáramos a las cuatro de la tarde, estuviéramos materialmente molidos”.

El movimiento de la Acción Católica

Acción Católica del Colegio Cervantes

Hablar del Cervantes en sus primeros años es nombrar, a la fuerza, al movimiento de Acción Católica (AC), uno de cuyos centros se creó en el colegio el 6 de noviembre de 1940, en solemne sesión presidida por el consiliario de la AC en Córdoba, José Torres Molina, quedando como director el H. Matías Botet, como encargado de aspirantes el H. Arturo Alonso y como director espiritual el P. Roldán S. J. Alumnos de Enseñanza Media, sobre todo 6º y 7º, completaban la Junta Directiva y el cuadro de integrantes del centro.

El centro de AC, del Cervantes, además de la parafernalia de himnos, insignias y banderas, que caracterizaban a este movimiento, creado en el mundo en 1922 por Pío XI y en España desde 1931 gracias a Ángel Herrera Oria, se orientó hacia actividades deportivas y de excursionismo para los alumnos que en él se integraban; realizó Círculos de Estudios; editó la revista Luz: “¡Quiera el Señor y Nuestra Señora de la Fuensanta, que esta hojita lleve a todos sus lectores, calor para el corazón y luz para la inteligencia”, aparece en los Anales; pero, sobre todo, se dedicó a una intensa y hermosa labor catequética y de ayuda social en el, entonces, barrio occidental de las afueras de la capital, conocido como Los Olivos Borrachos. Allí compraron los maristas un pequeño local para realizar su apostólica labor.

Varias tardes a la semana los miembros del centro de AC del Cervantes, con su director y alma H. Matías Botet al frente, iban a Los Olivos Borrachos a impartir catequesis a los niños pequeños. En vísperas de Navidad se les entregaban regalos: “Los niños de la primera categoría logran 2 jerseys de lana, 1 prenda de vestir diversa, 1 boina, 1 kilo de garbanzos, 3 kilos de batatas y 2 naranjas. Los niños de 2ª categoría: 1 jersey de lana, 1 par de calcetines, 1 boina, medio kilo de garbanzos, 1kg. y medio de batatas y 1 naranja; y los de tercera categoría: 1 boina, medio kilo de garbanzos, 1 kilo. y medio de batatas y una naranja”, detallan los Anales. En primavera, se organizaba una excursión a Cerro Muriano.

La Acción Católica se mantuvo muy fuerte en el Cervantes durante los años cuarenta y cincuenta, comenzando a languidecer a principios de los sesenta por el cambio de los tiempos, por la ausencia del H. Matías (fallecido en Castilleja de la Cuesta en 1965) y por falta de alumnos comprometidos. Las Actas de los Consejos Locales reflejan la inquietud porque esta obra no desapareciera, cosa que no se pudo evitar. En 1963, el piso de Los Olivos Borrachos se alquilaba “a un antiguo alumno de las Escuelas Pías, que desea contraer matrimonio y no puede hacerlo por falta de piso”.

Salida de Torres Cabrera y fallecimiento del director

No sin dificultades, a los siete años de su fundación, el Colegio Cervantes parecía irse consolidando. El número de alumnos, sin llegar a los cuatrocientos deseados, se mantenía cerca de esa cifra y las visitas de los superiores del Instituto Marista terminaban siempre con un visto bueno. Incluso una señora de Belmez, Carmen Boza, ofreció la fundación de un colegio en dicho pueblo; ofrecimiento que, tras agradecerlo, el H. Provincial rechazó en mayo de 1941 por falta de personal. Sin embargo, dos acontecimientos van a marcar una crisis en los dos últimos cursos de presencia de los maristas en la casa palacio de Torres Cabrera: la necesidad de abandonar el edificio por su venta a la familia Cruz Conde, con la consiguiente y desesperada búsqueda de nuevo emplazamiento, y la repentina muerte del H. Agapito García, director del colegio, acaecida el 5 de febrero de 1942.

En noviembre de 1940, Pilar Meléndez Valdés, propietaria del palacio de Torres Cabrera, vende el inmueble a Rafael Cruz Conde, importante bodeguero, que fuera alcalde de Córdoba en los años veinte. A finales de ese mes, el nuevo propietario informa de palabra y mediante notario, a los hermanos, de que su intención es habitar el edificio y dedicarlo a la industria del vino. Los maristas tendrán de plazo hasta el 25 de julio de 1942 para buscar nuevo emplazamiento al Cervantes, siendo hasta esa fecha inquilinos del señor Cruz Conde, una vez liquidadas sus deudas con Pilar Meléndez Valdés. Los hermanos confían en sus Superiores Provinciales la resolución del caso, los cuales les comunican que busquen nueva sede tanto de alquiler, de compra o de nueva planta, con preferencia de la primera alternativa.

Los Anales y las Actas del Consejo Local están repletas de la búsqueda de nueva ubicación para el Cervantes y de los roces con Rafael Cruz Conde, que con su familia se instala en varias habitaciones de la mansión en julio de 1941, interfiriendo en la marcha del colegio y lo que era peor desde el punto de vista de la época, hoy visto con gracia: “Habiendo tomado las cosas un tinte un poco subido, puesto que el femíneo sexo pasa por el claustro con vestidos no muy decentes, la Dirección del Colegio tomó la determinación de hacerle un requerimiento notarial para que cerrase las puertas que por derechos de inquilino, no puede abrir el propietario”. La prueba de que estos roces no irán a más, es que los nietos de Rafael Cruz Conde, estudiarán en el Cervantes, ya en su ubicación de la plaza de la Compañía.

Los hermanos buscaban un edificio que no fuera muy viejo, que tuviera amplitud y contara con patio. Se desechó una casa propuesta por el sacerdote Juan Antonio Lozano; la amplísima de Rafael Castejón, en la calle de Torres Cabrera, desde el año 2007 convertida en hotel de cinco estrellas, se rechazó por no ser muy sólida ni estar bien acondicionada; se tanteó el Palacio de los marqueses de Viana, pero el titular, Fausto Saavedra, rehusó la petición de alquiler que se le hizo; se estudió alquilar la Academia Espinar, en la calle Pedro López, por 400.000 pesetas anuales, pero no se llegó a ningún acuerdo; la casa de los señores Barrena y Luque se descartó ante el alto precio del alquiler, 1.600.000 pesetas… Ante tan desalentadoras gestiones, a finales de julio de 1941, el H. Agapito García, a instancias del Consejo Provincial, tanteará la posibilidad de que familias pudientes y adineradas, afectas al ideario marista, costeasen la construcción de un colegio a partir de un solar, pero las indagaciones del director tendrán resultado negativo.

Comenzaba el curso 1941/42, el último del Cervantes en el palacio de Torres Cabrera y el colegio no tenía aún futuro emplazamiento. Para mayor preocupación, el infatigable H. Agapito fallecía el 5 de febrero de 1942, tras diez días en cama a consecuencia de una gripe que degeneró en pulmonía. Su cadáver se colocó en su despacho y ante él, en signo de reconocimiento y respeto, pasaron todos los alumnos. Fue enterrado en el panteón que tienen los hermanos maristas en el cordobés cementerio de Nuestra Señora de la Salud, junto al mausoleo de Manolete. En años sucesivos, todos los 5 de febrero, en la parroquia a la que esté adscrita el colegio, se celebrarán funerales por su alma y por las de los demás hermanos, profesores y alumnos del Cervantes fallecidos desde su fundación en 1933.

El nuevo director, H. Ángel Martínez Gómez, llega el 17 de febrero desde Madrid, y de acuerdo con el Consejo Provincial continúa buscando casa para el colegio. Se propone la adquisición de la finca Machaco para la construcción de un colegio, pero no hay tiempo material para ello. La finca del señor Cárdenas y la actual casa de Correos parecen una posibilidad, que se desvanece ante el interés del propietario de ésta, marqués de Valdeflores, en retenerla. En general, el problema al que se enfrentan los maristas a la hora de alquilar cualquier caserón es que los alquileres son muy altos y las obras de adaptación, que debería afrontar el colegio, también ascienden a grandes sumas de dinero.

En mayo de 1942, se va a vislumbrar una solución, que los maristas tomarán como temporal, pero que llevará al Cervantes a ocupar la plaza de Queipo de Llano (luego de La Compañía) durante treinta y un años. Merece la pena copiar los Anales en la primera vez que citan el futuro emplazamiento: “Informado el H. Director de que el inmueble denominado La Compañía (calle Santa Victoria) tenía varios locales deshabitados y de que, últimamente, el número de esos locales había aumentado con los que el antiguo administrador de las Escuelas Pías había dejado libres al ser despedido, entabló conversaciones con don Francisco Blanco Nájera, deán del cabildo catedralicio y presidente del Patronato de las Escuelas Pías”. Como ya veremos más adelante, las Escuelas Pías o Reales Escuelas de la Inmaculada son una institución educativa cordobesa presidida por un patronato que integran los canónigos de la Catedral cordobesa, deán, doctoral y magistral, a la sazón en aquella época, Francisco Blanco Nájera, Benjamín Salas Diestro y Juan Eusebio Seco de Herrera, respectivamente. El director de las Escuelas Pías era el sacerdote José Vallepuga y éstas languidecían por falta de personal, habitando los escasos maestros el mismo edificio. La intervención de Benjamín Salas Diestro, que conocía bien a los maristas por ser delegado diocesano de Acción Católica, fue decisiva (y así lo reconocerán siempre los hermanos) para que se llegase a un acuerdo. El Colegio Cervantes, a partir del curso 1942/43, podría ocupar varias dependencias del edificio de la plaza de la Compañía, con un arriendo de 6.000 pesetas anuales y comprometiéndose a efectuar las obras de adaptación que, según el presupuesto de Rafael Díaz García, ascendían a 37.784’36 pesetas.

Capítulo 5. El Colegio Cervantes del Palacio de Torres Cabrera (1935 - 1942). Siguiente capítulo
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